Creer en la verdad

Exposición de Adrede, Managua, Mayo 2014 

Con: Patricia Belli, Norlan Gutiérrez, Jullissa Moncada, Moises Mora  

Texto: María A Iovino

Al igual que ocurre en la mayoría de los países latinoamericanos, en la producción artística de Nicaragua hay un interés sobresaliente por el dibujo, lo cual incide, naturalmente, en el desarrollo de diversas posibilidades del medio y, en muchos casos, en la generación de vertientes de destacable singularidad.

 

El trabajo de Patricia Belli, quien es una de las artistas más conocidas de su país  y, en esa misma medida, del itsmo centroamericano, permite hacer una clara lectura de esta situación y de las potencialidades que ella abre para la creación visual. La artista se desempeña con destacada destreza y versatilidad en diferentes medios, manteniendo una constante formulación de las problemáticas que explora en el dibujo (que en su caso se desenvuelve también, en formas instaladas y en relación con variados materiales).

 

No son pocos los casos en los que las búsquedas expresivas de Patricia Belli alcanzan niveles de síntesis y de nitidez admirables y, aún así, siempre en la austeridad de su dibujo se puede desentrañar con mayor profundidad el sentido con que entreteje sus señalamientos. En toda su trayectoria la artista ha insistido en la fragilidad de lo más fuerte y, de esa forma, en el equilibrio fino en que se sustenta toda la existencia, razón por la cual también ha dado luz constantemente, acerca de la posible inminencia de la catástrofe ruidosa dentro de lo más sutil e invisible. 

 

Así, en una obra como la de esta artista se comprende con claridad que las metáforas son más poderosas y abarcadoras que los temas cuando de expresión se trata. Sin hacer alusiones directas a lo político o a lo emocional humano, a través del trabajo de Patricia Belli crecen lecturas que hacen entender muy bien el contexto de donde provienen, junto con sus marcas históricas y su desempeño político. Pero también lo variable y probable de lo humano, en muchas dimensiones, es uno de los asuntos que toma la palabra en la obra de la artista, y ello, entendiendo que todo acontecer humano es parte del movimiento y del cambio natural. En sus más recientes series de dibujo, trabajadas con el apoyo de recursos mecánicos, la interdependencia de una gran cadena de sistemas de todo orden se hace evidente a través de la más fina poesía.

 

Colegas y discípulos de Patricia Belli como Norlan Gutiérrez, Julissa Moncada y Moises Mora trabajan en líneas similares del dibujo que, como es natural, enriquecen desde sus perspectivas particulares. Todos hacen parte de un grupo de artistas jóvenes que mantienen una indagación inteligente en el medio, en la posibilidad estructural que el mismo ofrece, y también, en la capacidad que la línea posee para representar en unísono la fragilidad y la fortaleza, como la intimidad de lo esencial.

 

En la obra de Julissa Moncada por ejemplo, el dibujo proviene de la pintura, al igual que el pequeño formato de uno mayor, en el que la artista trabajó con el propósito de entender la vida a través de la materia orgánica, como su pérdida en la descomposición. Con ese objetivo, realizó dibujos en los que figuras de animales muertos y abandonados, en estado de deterioro, se iban fundiendo al soporte de papel hasta que de ellos solo quedaba como asunto visible el pelaje que los cubría. De esa manera, la artista transformó una imagen repelente en un universo inquietante, en el que el movimiento recupera de nuevo el interés por la riqueza de la vitalidad, fundiendo así vida y muerte en un diálogo eterno. 

 

Al reencontrar de nuevo el movimiento, Julissa Moncada descubrió la inagotable posibilidad de opciones de recorrido y construcción que hace la complejidad de la vida, al igual que lo que la simplicidad de la línea puede decir acerca de esa saturación de alternativas. En sus palabras: en la pintura y en los dibujos que hago hay un disfrute claro de la textura, ya sea real o ilusoria. Estos nuevos dibujos que denomino Delicias, son obsesivo-compulsivos, metódicos. Encuentro en ellos un escape, veo imágenes sutiles y gozo con la limpieza y con la fuerza de las líneas en ellos.

 

De manera similar, pero con la declarada intención de hacer de la práctica y de la observación del arte un ejercicio de meditación y de trascendencia, Moises Mora ha realizado también una fusión entre el dibujo y el soporte, al igual que ha llevado medios diversos al lugar del dibujo. De allí, el nombre de su serie más reciente, Frontera, en la que el centro lo asumen la desaparición de los límites entre los colores y las formas, como entre el soporte y la superficie.

 

A su vez, en la obra de este artista el trabajo físico del cuerpo es tan decisivo como la imagen que construye, la cual generalmente tiene una relación determinante con el paisaje o con la atmósfera que lo rodea.

 

En un buen número de casos las obras de Moises Mora se realizan en equipo, puesto que se inscriben sobre las paredes de los espacios en los que expone, inundando los mismos. En otras situaciones, el artista pasa sin problema a pequeños formatos de papel, y demuestra así que se puede hablar acerca de un mismo interés de diversas maneras y aproximaciones y que, en tanto, los recursos con que cuenta un creador dentro de un mismo enfoque son inagotables.

 

En una dirección más realista y sin embargo abstracta, Norlan Gutiérrez también se alejó de la referencia trágica o de discurso crítico que caracterizó durante un período extenso al arte de América Latina y se permitió derivar hacia la síntesis de cuerpos que se identifican con mitos y conocimientos ancestrales como con idealizaciones que nacen de su propia percepción y conocimiento. 

 

De igual manera que ocurrió con la obra de los artistas antes mencionados, este artista comenzó a comprender en ese ejercicio la diversidad inagotable de opciones creativas con que cuenta un observador común, mientras entendió en forma progresiva que la simple visión y concepción del mundo que se nos presenta ante la mirada es un hecho creador de realidad. En ese sentido, Norlan Gutiérrez ha vislumbrado al artista como a un generador mucho más potente de realidades y en tanto, responsable de ellas ante la comunidad a la que se dirige y lo escucha.

 

Entiendo que es decisivo que en un país como Nicaragua se estructuren proyectos como éstos para los cuales es decisiva una educación suficiente en el dibujo y en el análisis que desde allí puede florecer. He interpretado en diversas oportunidades que los países de América Latina tienen un patrimonio valioso y original en este campo precisamente porque sus carencias y desventajas los han impelido a explotar las minas de los lenguajes más sencillos y básicos y a encontrar así la despojada verdad de lo estructural, como a detectar su infinidad de variables compositivas.

 

En muchas ocasiones la abundancia en recursos y posibilidades tecnológicas constituyen factores de extravío y confusión para los artistas y para el público más amplio. No son pocos los creadores que se pierden, como en un laberinto, con las manos llenas de herramientas, que no saben cómo utilizar y combinar con acierto, debido a que desconocen la manera en que se transita y propone sobre los fundamentos. En tanto, ignoran también lo que hay de básico o fundamental en lo más complejo.

 

En el mundo entero hay sobrepoblación de propuestas de este orden, al igual que hay abundancia de consumidores fascinados con ellas, a causa de que carecen de una educación y sensibilización acerca de lo esencial y básico. Por esta misma razón, se entregan con fe ciega a los efectismos y a los sonidos más ruidosos y en esa medida, se habitúan al estruendo, mientras pierden la afinación y la capacidad de apreciar en el equilibrio y en el silencio.

 

Incluso la tan citada frase de Ingress ¨El dibujo es la verdad del arte¨ se ha refundido entre la confusión, pero por fortuna vuelve a cobrar sentido cuando se la recuerda frente a proyectos honestos en este medio, así sean de jóvenes que están armando un camino como Julissa Moncada, Norlan Gutiérrez o Moises Mora. El dibujo va al desnudo y así es imposible disfrazar los faltantes o los defectos. Por esa misma razón, quien aprende a percibir el mundo a través del dibujo o de su mano, tiene garantizada la agudeza en la mirada.

 

Con esa ganancia, no importa si se es rico o pobre en términos materiales a la hora de sostener una interpretación. Quien aprende a discernir en la comprensión de lo más básico no se pierde siquiera entre las construcciones más complejas e incluso, entre las más absurdas. Aún entre ellas, sabe cómo se instalan y des instalan los ladrillos y se ordenan los cableados y en consecuencia, sabe ofrecer guías potentes para leer el entorno y el mundo al que se pertenece.

 

Otra frase valiosa sobre la que ha caído el polvo de la cita vana ¨los ojos son la ventana del alma¨, de Leonardo da Vinci, recupera su esplendor igualmente si se entiende qué expresaba con ella un artista que dedicó la vida entera a aprender a ver y a anotar lo que veía con la ayuda de cualquier instrumento que le permitiera trazar. Lo más esencial que posee el ser humano (el alma) se asoma desde su cuerpo para ver lo más esencial del mundo al que pertenece, para, de esta forma,  poder recrearlo con armonía y propositivamente a su antojo, si es que logra comprenderlo en un trabajo acucioso y de incansables comprobaciones. Si lo logra, refleja verdad, sino, el estado contrario.

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